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HOTEL HR Córdoba / Argentina / 2005

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LA FUNCION, EL PROGRAMA, LA FORMA.
SU CENTENARIO

Coincidiendo con la irrupción de la arquitectura moderna, en el primer intento adusto y descargado de la impronta secular que se remonta al alto renacimiento, es donde el hombre introduce el preguntarse e inquirir sobre el origen de la forma como condicionante de las artes del espacio y al costo tal vez de un cambio profundo y significativo, como que la acumulación hizo perder la continencia de tantos períodos, de tantos siglos artísticos, en un solo gesto. Es como si la forma se hubiera detenido cinco siglos, como si la mano hubiera hibernado en el alma y el artista sin salir de su asombro no pudiera entender la materia que tiene que modelar, consecuencia de períodos seculares de racionalismo e iluminismo positivista, psicologista, nominalista, etc., sembrado afortunadamente sobre terreno infértil.
El Hombre realmente creativo, el artista debió salirse de estos esquemas y preconceptos para lograr liberar sus energías y conectarse con la obra.
La forma siempre fue para el hombre como connatural, como extraída de un diálogo profundo pero en silencio entre este y esa forma; pero el preguntarse a ultranza sobre este origen, nos lleva a pensar en la vacuidad, en el salto desconexión entre el resultado y la intención y justifica de alguna manera el desglose. Es algo así como que el hombre moderno es una consecuencia de la forma, podríamos agregar sin temor a equivocarnos, que la misma explica al hombre y no a la inversa, hecho absolutamente inédito y sin precedentes. Con un ingrediente notable de referirlo, ocurrido en la década de los sesenta, llegó a equipararse el descubrimiento del código del ADN realizado por Crick y Watson, arrogante y torpemente con el origen de la vida y en correlato, consecuentemente con el origen de la forma.
Es como que tuvo que suceder necesariamente, un largo camino entre la afirmación temeraria de Sullivan: “La forma sigue a la función”, y la máxima de Venturi: “Funcionalismo sí, pero...
¿No será que se escapó por un camino equivocado el análisis del origen de la forma, consecuencia también de la profusa y densa cascada de ideas desde Descartes al enciclopedismo de las luces del siglo XIX?
¿No será que la respuesta estaba mas al alcance, en el canto del poeta, que en el intrincado y sinuoso camino filosófico sin el hacer estético, del saber hacer del artista, y de la cohabitación de este con el llamado de las musas?.
Pareciera que estas cuestiones han tenido un vínculo acendrado con la forma en la arquitectura y en la ciudad. No se percibe así en el resto de las artes que, por diversos caminos han ido encontrando su derrotero, al independizarse de los postulados filosóficos, y consecuentemente ideológicos, al aligerarse del pensamiento desvinculado de las cosas. No ocurre así en el caso de la política que sí podemos decir, viajó en el tiempo hermanada a la ciudad y a la arquitectura, no tan solo en su influencia, sino también en los resultados, en su forma final.
En cambio, es lo que ocurrió con el producto de la pintura, de la escultura y la música, que han crecido con independencia, en un desglose del diálogo con las corrientes filosóficas.
El Hombre es forma, y de que es así, lleva en información genética el preguntarse por la misma. Hay un lucha interior, un sentimiento dramático cargado, aunque no lo sepamos en forma consiente -de felicidad hacia el final de la tarea, en la meta de la forma- en el último gesto que cierra la figura que se abrió con una nebulosa.
En el querer ser por sí mismos, en el dejar de espiar la letra, hay verdaderos hitos punctiformes que pertenecen al corte epocal señalado y que a su vez se los puede catalogar como revolucionarios. En cambio, la opaca arquitectura de la copia y del ornamento o del minimalismo deliberados, se destaca por la ausencia notoria del sentido creativo y compositivo connatural al Hombre, perdido a cambio en los mas amplios equívocos analíticos.
Se puede abundar sobre la influencia del pensamiento analítico , sobre la fábrica que despliega el Hombre, pero sin duda al ubicarnos en este final y comienzo milenario, sospechamos la búsqueda -en ciclos que se acortan peligrosamente- de la interioridad fuera del espacio, en el orden cibernético incipiente o en el infinito espacio exterior.
Según una premonitoria visión Luis Khan en 1959 sentenció: “La compartimentación y fragmentación a ultranza, lleva a pensar en el Hombre como encerrado dentro de él mismo”. Hurgar en la complejidad que encierra el concepto “función”, ligado al Hombre nuevo, en sostenido cambio, remitido habitualmente a los aspectos dimensionales arraigados en la era maquinista y aferrado a una ética causalista profundiza la separación, profundiza el desglose.
La forma sigue a la función”, requiere una profundización semántica que entrevea un espectro más amplio de posibilidades intelectivas. En principio se podría discernir que hay tantas formas que siguen a la función, como entidades reconocibles a partir de cada intervención, o lo que paradójicamente es lo mismo, una cantidad de formas reconocibles que derivan de una misma función; y por extrapolación es como querer entender la complejidad del Ser, del Hombre, su forma, simplemente a partir de la interrelación funcional de sus partes.
Todos los intentos modernos por explicar la procedencia de la forma, se ahogaron en su mismísima búsqueda, el intento de la semiótica, no hizo más que profundizar la incisión, al querer desentrañar en el mejor de los casos, la relación intrínseca de las partes y el todo. Esta expectativa y ansiedad encontrarían una calma intelectiva en el remanso de la semántica.
La forma está en la raíz misma del sentimiento de época, en un impulso que a modo de antídoto, protege de la tentación inexorable de caer en la fatalidad de la utopía del colectivismo. Este sentimiento de época es el que, como potente contrapeso, colabora, al evitar que el azote del antipersonalismo haga naufragar los verdaderos intentos creativos.
Para el otro intento moderno de querer explicar la forma a partir del “programa” que suponemos, estamos resolviendo, está tan alejado de la realidad, como en el análisis del sueño de Freud, lo está el contenido manifiesto del contenido latente: los significados han cambiado inquietantemente de lugar (Argumento para una teoría de la arquitectura moderna, Summerson en su monografía para el R.I.B.A.). La idea de la esfera social y el programa como fuente de unidad es..., el único principio nuevo relacionado con la arquitectura moderna. Summerson intenta concluir en que los conceptos que derivan de un programa deben cristalizar necesariamente en la forma final. Llega a tal punto el intento que incluso justifica hablar de un lenguaje arquitectónico ausente. En otra parte de su monografía decía que la forma proporcionaba algo esencial para el creador: “un baluarte de certidumbre, de autoridad indiscutible, sobre el que apoyar su conocimiento, mientras que adquiere forma su concepción del espacio como un todo”.
Cuando el sensus empieza a aparecer, el logos da razón a las cosas y la semántica refugio al espíritu, la forma en todas sus fases previas (porque las tiene y merece un capítulo aparte), en lo que podemos convenir en llamar las etapas informes de la forma, desde el primer movimiento que conduce a descubrimientos, hallazgos, que por un lado potencian y por el otro debilitan la idea, en precisiones o en vías equivocas que rondan el camino, que alejan o acercan el rumbo en la medida de un preludio donde ya está el anuncio de los movimientos que siguen, encontramos tal vez la explicación de algo que aparentemente resulta inexplicable. Al anteponer la palabra, el logos, esto nos transporta al origen, a las fuentes, al canon de belleza atribuido al Partenón, caro al gran rapsoda arquitecto “Homero” y su obra La Iliada. Sin este último no habría Partenón posible. Ahora esto no es suficiente para explicar la forma.
Lo que está interpuesto entre la semántica y la forma, que por un principio de economía debiéramos equiparar a la forma de una obra maestra, es la mano del artista, que necesariamente se ubica, como única e irrepetible posibilidad dirimente, entre la obra y la belleza. Acá hay un indicio importante pero que no alcanza para cubrir el salto entre una explicación racionalista y la obra. Podríamos caer como sucede habitualmente, en que después que aparecen las obras maestras, aparecen los intelectuales para deducir sus reglas, estas suponen un canon estético, cuando esto sucede se pude decir que se entra en la declinación de una época, y lo que es peor una época de copia y de imitación. En cambio lo que refiero al comienzo de este escrito, en el alto renacimiento, contrariamente a lo que se supone, estos creadores del Quattrocento han imitado de los antiguos mas bien su esencia, no es en los griegos donde hicieron descubrimientos, sino en ellos mismos.
¿Como podríamos elucidar la forma hoy día a partir del producido por algunas de las últimas tendencias, por ejemplo el deconstructivismo? Las partes y el todo, la noción del origen en la idea inicial, el camino a recorrer, de lo profundo a lo mas absolutamente intrascendente y exterior (visión analítica) o de la perspectiva totalizadora al fragmento. Fragmento que al reinar cercena y limita los impulsos creativos que aún puedan llegar a existir.
Si en cambio en el comentario precedente referido al descubrimiento del código del ADN de Crick y Watson, agregamos y profundizamos la desvinculación de todo contenido espiritual y creativo y su impacto en el medio científico presentimos en esta soberbia materialista, mecanicista, un Hombre “autónomo”, sumergido en esta época desvinculada de lo divino; algunos de los cuales materialistas han llegado a reconocer que la negación de Dios, lleva implícito la negación de la arquitectura y tal vez la del arte.
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    • Year 2005
    • Client HOSTEL HR
    • Status Unrealised proposals
    • Type Hotel/Resorts / Tourist Facilities
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