Cambio Sena por Mediterráneo

Barcelona / Spain / 2015

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Supón que te encanta Barcelona y que en vez de desaparecer todo Agosto, prefieres escaparte cada mes. Supón también que odias los mini-bares, las “wake-up calls” los botones y los secadores de pelo de hotel. Si eres de los que prefieren las casas de verdad, con estilo propio y dueño; con vajilla completa o libros y aunque estés de vacaciones, sabrás que podemos estar hablando de unos seis mil euros al año en gastos de alojamiento, así, sin IVA ni brazalete “todo incluido”.


Si en tu caso, más que un simple deseo, esto es un “estilo de vida” que pretendes mantener hasta mudarte definitivamente al cementerio (digamos dentro de unos “cincuentaytantos”) repentinamente la cifra se dispara sobre los trescientos mil euros, y por favor, dejémonos ya de pesetas!


Imagina ahora que puedes contar con las yemas de tus dedos las puntas de todos esos billetes dobladitos en un grueso fajo en tu abultado bolsillo: Prefieres transferirlo gradualmente desde ahí a la cuenta de otro? O te apetece más invertirlo en una propiedad digamos “coqueta” en uno de los barrios con la más alta densidad de “hipsters” por metro cuadrado de Barcelona? Por este monto podrías a la vez hacerle un favor a un par de octogenarios (con cariño) “quitándole de las manos” un inmueble decadente, costosísimo de mantener, pero lleno de potencial. A cambio, tendrás el pisito que siempre quisiste en la ciudad tus sueños; escapadas sin fecha límite ni hora de “check out” , y una casa lejos de casa. Aunque los precios inmobiliarios sigan bajos la recesión económica, según dicen, empieza a retroceder. Parece entonces que éste es justamente el momento que esperabas: el capricho caro empieza a tener pinta de sabia inversión!


Pero no lo creas sólo por que lo digo yo. Déjame antes presentar a nuestro duo francés de mediana edad: Monsieur et Madame Desbois (Marie y Jean Philippe para los amigos) aunque sé que sabes que éstos no son sus nombres de verdad. Claro que aman Paris por sobre todas las cosas como manda el Dios galo y como reza el primero de “les dix Commandents”, pero aman también huir de él: cambiar Sena por Mediterraneo, omelette por truita o a Edith Piaff por Peret. Durante los últimos diez años y cada vez que han podido, J.P. y Marie han estado viniendo a Barcelona a dejarse las suelas sobre el adoquín del Borne y a descubrir terracitas a tasa de dos por noche. A eso de las nueve, una tarde, se encontraron en el medio de una pequeña y desconocida para la mayoría placita rodeada de estrechas calles peatonales y añeja como su nombre: St. Agustín el Viejo. Se lo pasaron de fábula bajo aquellas farolas y tiempo después volvieron a luz del día para que Marie pudiese capturar en su lente y llevarse a casa parte del encanto. De vuelta en el hotel y revisando las fotos en la pantalla de la cámara Marie leyó un cartel que ponía “en venda” en uno de los balcones que miraba sobre la plaza. Se lo mostró a J.P. y la siguiente sesión de fotos que se produjo por aquellos lados es la que mostramos en este reportaje

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